Relatos

                En ocasión de mi visita anual a Córdoba, al día siguiente de mi llegada, recibí el llamado perentorio de mi prima: "te espero mañana a la noche para una clase de Biodanza". Bailar es algo que no me llama en absoluto. Siento la música ir por un lado mientras que mi cuerpo va por otro, y por lo tanto no le encuentro sentido. Sin embargo, mi prima estaba muy entusiasmada con la idea de que fuera. Como ya venía insistiéndome desde el año anterior, decidí mimarla e ir a ver de que se trataba. A lo sumo serían dos horas de "trabajos forzados" y listo! Ya tendría el resto del año para recuperarme.

                Al llegar al gimnasio, fui conociendo a los integrantes tempraneros del grupo. Me encontré con gente que estaba bien predispuesta a recibir a nuevos biodanzantes. Según mi experiencia, eso es raro que ocurra en grupos ya formados, en dónde en general se constituye el clan de los más antiguos. En este caso eso no se daba, o al menos no me lo hicieron sentir.

                Bueno, a la hora señalada comenzó la tortura. Y si, había que bailar… De a dos, de a tres, solo, de vuelta de a dos, de a seis. Como es de suponer, me preguntaba qué estaba haciendo ahí? Para mi suerte, esto no duró mucho y pasamos a realizar otros ejercicios. Movimientos a solas o grupales, siempre con una base rítmica, pero que claramente no los podía catalogar como baile. Creo que no tiene sentido describirlos, porque la mera enunciación no haría honor a todo lo involucrado, tanto en cada ejercicio, como en la secuencia completa. Sería como dar solo algunas palabras de un cuento, sin poder transmitir el argumento o la idea del mismo. Fue así que para mi sorpresa las tensiones en los hombros se aflojaron y mi mente dejó de producir barullo. La sensación adicional de vitalidad, no se si fue una consecuencia colateral de lo antes mencionado o también un resultado inducido por los ejercicios.

                Lamentablemente no guardo en la memoria la secuencia de movimientos que realizamos aquella noche. Supongo que tampoco tendría sentido repetirlos sin la compañía y la guía adecuadas. Pero hubiera sido bueno hacer el experimento de probar si se repetía esa sensación de relajación.

                Como conclusión de esta experiencia debo decir que, aunque mi intención era solo complacer un pedido de mi prima, resultó una terapia inesperada, que me hizo salir renovado y con ganas de más.

 Jorge Pelegrina

Cuando ingresé al grupo de la Calle Mariano Benítez, a poco de comenzar mi primer taller de biodanza, sentí que una suave sensación comenzaba a recorrer mi cuerpo… Como en el inicio de una erupción volcánica, nubes de vapor emocional, brotaban desde lo mas profundo de mi alma y  surgían  como alegres a las cuencas resecas de mi piel, para escapar  hacia el mar del infinito, donde mis amigos eternos me esperaban.

Me había quedado solo… y tuve miedo. Antes. Ya no.  
El día que llegué a Biodanza me miré en los ojos de Diana, y ya no era el mismo. Fue como si un leproso se viera de pronto sano y hermoso ante un espejo. Y, paradójicamente, como quien quiere escapar a un premio, como quien quiere estar seguro de la muerte, miré hacia atrás, como siempre, pero esta vez… me encontré rodeado… o mas bien acompañado, de amor y de miradas nuevas, de nuevas tierras, de nuevos mundos, de nueva vida. Y fue como viajar de golpe a otro planeta, casualmente al mío, seguramente al de ellos. Mis nuevos amigos parecían no darse cuenta de mi llegada, era como si siempre hubiere estado allí, como si nunca me hubiese ido.
De mas está decirlo, me sentí en el cielo…
Cuando terminó el taller, salí como volando hacia la calle.
Me sentí enamorado, no sé de qué, pero enamorado. Alguien dijo por ahí, que para ganarle a la muerte hay que permanecer… enamorado.
Descendí lentamente sobre Córdoba. Aterricé frente a mi video club y bajé suavemente de mi cápsula R18…Llovía fino, pero tupido y fresco ahí en Alberdi…Comenzaba el invierno en esta gran ciudad y mi amigo, Sergio, el de las películas, se mostraba triste allá entre medio de sus clientes. Me descubrió desde muy adentro del negocio, y como es medio teatrero, justo encontró el pretexto que necesitaba para zafar a tiempo de su historia. Desde el otro lado (según se sinceró mas tarde) sedujo su atención, algo que me diferenciaba con extraña nitidez, del tránsito y del tiempo…
Yo estaba en el medio de la calle, danzando con la llovizna. Mostraba el goce de mi cuerpo a mi amigo y lo invitaba a bailar aquella noche viernes, bajo la lluvia de mayo. Se acercó a la puerta y me miró muy fijo, y aunque es de avanzada el vago, me preguntó por qué tenía “él” que mojarse, si estaba seco…
¡¡¡Dios mío!!! –exclamé-.
¡Estás seco!… y encima, ¡¡¡ tenés razón!!!-. Le dije, en un acto lingüístico de infinita compasión. E inmediatamente, lo invité a biodanza…
Y después, como quien no quiere la cosa, seguí como danzando entre películas, tratando ya de negociar un poco mas con el resto de los esqueletos duros que caminaban, envueltos de carne trémula, y escasos de ética y estética, allá en los quebradizos andamios del mundo viejo al que volvía.  

 

Con profundo agradecimiento a Diana, mi cazadora…
Y al grupo de amigos de los viernes,
como así también, al de los martes…

                                                                                          Marcos Destéfanis. 

Hola, Diana! Anoche fue mi primer contacto oficial con la biodanza. Hasta hace unos días, ni siquiera sabía que existía. Me llevó al Almacén de la Memoria una conjunción que nace en la mailera de un filósofo y, por un montón de vericuetos sobre cuya casualidad dudo, acabó en la decisión que tomé luego de la recepción de un mail remitido por la Casa de Pepino. El día y la hora eran los adecuados. Mi tiempo de baile también. Vía Internet traté de averiguar qué es la biodanza. Lo único que entendí es que no hay que entender sino sentir, y que para eso conviene la ropa cómoda. Así que me dejé caer sencillito y de alpargatas, un vestuario un tanto contrastante con la ocasión. Es que no alcancé a saber que se trataba de una fiesta de gala. Menos mal, si no capaz que iba de traje y corbata, y todo hubiera sido demasiado distinto y ahora no te estaría escribiendo, pensando en la cara que pondría el más intelectual de mis hijos si me hubiera visto anoche…

Bueno, Diana, parece que cuando llegan ciertas horas, lo hacen sin previo aviso. Creo que dos horas por semana dentro del mundo invisible me harán muy bien. Y creo que es mi hora para esa clase de vivencias que, no sé cuánto tiempo atrás, me hubieran parecido descabelladas (quizá inútiles) por inexplicables.

Corto el chorro, creo que lo dicho hasta acá (más el texto que te adjunto) me pintarán mejor que los datos de prontuario. Y tomarás debida nota de mis excesos y necesidades.

Por favor, avisame sobre el campamento de febrero y el comienzo de las clases 2008.

Un abrazo grandote (anoche me gustó más el papel de ángel que el de protegido…)