Hola, Diana! Anoche fue mi primer contacto oficial con la biodanza. Hasta hace unos días, ni siquiera sabía que existía. Me llevó al Almacén de la Memoria una conjunción que nace en la mailera de un filósofo y, por un montón de vericuetos sobre cuya casualidad dudo, acabó en la decisión que tomé luego de la recepción de un mail remitido por la Casa de Pepino. El día y la hora eran los adecuados. Mi tiempo de baile también. Vía Internet traté de averiguar qué es la biodanza. Lo único que entendí es que no hay que entender sino sentir, y que para eso conviene la ropa cómoda. Así que me dejé caer sencillito y de alpargatas, un vestuario un tanto contrastante con la ocasión. Es que no alcancé a saber que se trataba de una fiesta de gala. Menos mal, si no capaz que iba de traje y corbata, y todo hubiera sido demasiado distinto y ahora no te estaría escribiendo, pensando en la cara que pondría el más intelectual de mis hijos si me hubiera visto anoche…

Bueno, Diana, parece que cuando llegan ciertas horas, lo hacen sin previo aviso. Creo que dos horas por semana dentro del mundo invisible me harán muy bien. Y creo que es mi hora para esa clase de vivencias que, no sé cuánto tiempo atrás, me hubieran parecido descabelladas (quizá inútiles) por inexplicables.

Corto el chorro, creo que lo dicho hasta acá (más el texto que te adjunto) me pintarán mejor que los datos de prontuario. Y tomarás debida nota de mis excesos y necesidades.

Por favor, avisame sobre el campamento de febrero y el comienzo de las clases 2008.

Un abrazo grandote (anoche me gustó más el papel de ángel que el de protegido…)